
Durante la Copa Mundial de la FIFA 2026, millones de personas en todo el mundo compraron entradas, pagaron transporte, adquirieron alimentos y bebidas, reservaron hoteles, realizaron compras en línea y utilizaron plataformas de apuestas deportivas. Para los consumidores, pagar fue un gesto cotidiano. Para la industria de pagos, en cambio, fue una prueba de estrés a escala global: coordinar millones de transacciones en tiempo real garantizando seguridad, disponibilidad y una experiencia sin fricciones.
Durante años, la capacidad de una plataforma de pagos se midió principalmente por el volumen de transacciones que podía procesar. Esa métrica sigue siendo importante, pero ya no es suficiente. Hoy, la verdadera ventaja competitiva está en la capacidad de adaptarse a las nuevas demandas del mercado, incorporar nuevos servicios y responder con rapidez a un entorno de negocio que evoluciona todos los días.
Los sistemas heredados no representan un problema simplemente por su antigüedad. Se convierten en un desafío cuando comienzan a limitar la capacidad de una organización para innovar.
Las organizaciones que siguen considerando los picos de demanda como eventos aislados están analizando el problema desde la perspectiva equivocada. El crecimiento de los pagos digitales ya no es coyuntural; es estructural.
Según el World Payments Report 2025 de Capgemini, el volumen mundial de transacciones sin efectivo alcanzó los 1,4 billones en 2023 y se proyecta que llegará a 2,8 billones en 2028. Para entonces, los pagos inmediatos representarán aproximadamente el 22 % de todas las transacciones sin efectivo a nivel mundial.
Mientras los consumidores han adoptado de manera natural los pagos inmediatos, las billeteras digitales, los pagos mediante códigos QR y el comercio electrónico, muchas entidades financieras continúan operando sobre plataformas diseñadas originalmente para procesos por lotes, horarios bancarios y canales de atención limitados. Mantener estos sistemas en funcionamiento todavía es posible; hacerlos evolucionar al ritmo que exige el mercado es un reto completamente diferente.
Uno de los mitos más persistentes en la industria de pagos es que modernizar implica sustituir toda la infraestructura mediante proyectos largos, complejos y costosos.
La experiencia demuestra lo contrario.
Los procesos de modernización más exitosos suelen comenzar identificando cuáles son las capacidades que están limitando el negocio y actualizando primero esos componentes, preservando al mismo tiempo las inversiones que continúan generando valor.
En México, Bancoppel modernizó su plataforma de emisión de tarjetas para ofrecer emisión instantánea de tarjetas de crédito en sus sucursales, reduciendo significativamente el tiempo entre la aprobación y la disponibilidad del producto para el cliente. Este proyecto demuestra que la modernización genera valor cuando acelera la incorporación de nuevos servicios y mejora la experiencia del usuario.
Otro paradigma que está cambiando es la relación entre seguridad y experiencia de usuario. Durante muchos años se asumió que reforzar la seguridad implicaba agregar fricción al proceso de pago. Hoy, las entidades financieras deben lograr exactamente lo contrario.
En Colombia, Banco Finandina enfrentó este desafío implementando SmartVista 3DS de BPC, basado en el estándar EMV® 3-D Secure 2.0. La solución incorporó un modelo de autenticación más inteligente que permitió reducir el riesgo de fraude mientras ofrecía una experiencia de compra más rápida y conveniente. El objetivo no era únicamente fortalecer la seguridad, sino aumentar la confianza del cliente sin sacrificar la velocidad que exige el comercio electrónico actual.
No todas las organizaciones parten del mismo punto. Algunas necesitan modernizar plataformas existentes; otras buscan lanzar nuevos servicios al mercado en el menor tiempo posible.
En México, Trafalgar identificó una oportunidad para ampliar su oferta de servicios financieros dirigidos a pequeñas y medianas empresas, pero necesitaba hacerlo sin desarrollar una plataforma propia de administración de tarjetas. Para responder a este desafío, la compañía adoptó SmartVista Card Management as a Service de BPC, acelerando el lanzamiento de su negocio de emisión de tarjetas débito sobre una infraestructura preparada para crecer junto con la organización.
Este caso demuestra que modernizar no siempre significa desarrollar más tecnología. Con frecuencia significa acceder a las capacidades adecuadas para innovar más rápido y alinear la inversión tecnológica con los objetivos del negocio.
La próxima gran prueba para la infraestructura de pagos probablemente no llegará con otro evento deportivo de alcance mundial. Llegará con la capacidad de cada institución para responder a un mercado donde los nuevos productos, los canales de atención y las expectativas de los clientes evolucionan mucho más rápido que muchas de las plataformas que hoy los soportan.
La diferencia no estará entre las organizaciones que emprendan los proyectos de transformación más grandes o costosos. Estará entre aquellas que modernicen con un propósito estratégico claro y aquellas cuyos sistemas heredados continúen marcando el ritmo —y los límites— de su crecimiento.
Durante la Copa Mundial de la FIFA 2026, millones de personas en todo el mundo compraron entradas, pagaron transporte, adquirieron alimentos y bebidas, reservaron hoteles, realizaron compras en línea y utilizaron plataformas de apuestas deportivas. Para los consumidores, pagar fue un gesto cotidiano. Para la industria de pagos, en cambio, fue una prueba de estrés a escala global: coordinar millones de transacciones en tiempo real garantizando seguridad, disponibilidad y una experiencia sin fricciones.
Durante años, la capacidad de una plataforma de pagos se midió principalmente por el volumen de transacciones que podía procesar. Esa métrica sigue siendo importante, pero ya no es suficiente. Hoy, la verdadera ventaja competitiva está en la capacidad de adaptarse a las nuevas demandas del mercado, incorporar nuevos servicios y responder con rapidez a un entorno de negocio que evoluciona todos los días.
Los sistemas heredados no representan un problema simplemente por su antigüedad. Se convierten en un desafío cuando comienzan a limitar la capacidad de una organización para innovar.
Las organizaciones que siguen considerando los picos de demanda como eventos aislados están analizando el problema desde la perspectiva equivocada. El crecimiento de los pagos digitales ya no es coyuntural; es estructural.
Según el World Payments Report 2025 de Capgemini, el volumen mundial de transacciones sin efectivo alcanzó los 1,4 billones en 2023 y se proyecta que llegará a 2,8 billones en 2028. Para entonces, los pagos inmediatos representarán aproximadamente el 22 % de todas las transacciones sin efectivo a nivel mundial.
Mientras los consumidores han adoptado de manera natural los pagos inmediatos, las billeteras digitales, los pagos mediante códigos QR y el comercio electrónico, muchas entidades financieras continúan operando sobre plataformas diseñadas originalmente para procesos por lotes, horarios bancarios y canales de atención limitados. Mantener estos sistemas en funcionamiento todavía es posible; hacerlos evolucionar al ritmo que exige el mercado es un reto completamente diferente.
Uno de los mitos más persistentes en la industria de pagos es que modernizar implica sustituir toda la infraestructura mediante proyectos largos, complejos y costosos.
La experiencia demuestra lo contrario.
Los procesos de modernización más exitosos suelen comenzar identificando cuáles son las capacidades que están limitando el negocio y actualizando primero esos componentes, preservando al mismo tiempo las inversiones que continúan generando valor.
En México, Bancoppel modernizó su plataforma de emisión de tarjetas para ofrecer emisión instantánea de tarjetas de crédito en sus sucursales, reduciendo significativamente el tiempo entre la aprobación y la disponibilidad del producto para el cliente. Este proyecto demuestra que la modernización genera valor cuando acelera la incorporación de nuevos servicios y mejora la experiencia del usuario.
Otro paradigma que está cambiando es la relación entre seguridad y experiencia de usuario. Durante muchos años se asumió que reforzar la seguridad implicaba agregar fricción al proceso de pago. Hoy, las entidades financieras deben lograr exactamente lo contrario.
En Colombia, Banco Finandina enfrentó este desafío implementando SmartVista 3DS de BPC, basado en el estándar EMV® 3-D Secure 2.0. La solución incorporó un modelo de autenticación más inteligente que permitió reducir el riesgo de fraude mientras ofrecía una experiencia de compra más rápida y conveniente. El objetivo no era únicamente fortalecer la seguridad, sino aumentar la confianza del cliente sin sacrificar la velocidad que exige el comercio electrónico actual.
No todas las organizaciones parten del mismo punto. Algunas necesitan modernizar plataformas existentes; otras buscan lanzar nuevos servicios al mercado en el menor tiempo posible.
En México, Trafalgar identificó una oportunidad para ampliar su oferta de servicios financieros dirigidos a pequeñas y medianas empresas, pero necesitaba hacerlo sin desarrollar una plataforma propia de administración de tarjetas. Para responder a este desafío, la compañía adoptó SmartVista Card Management as a Service de BPC, acelerando el lanzamiento de su negocio de emisión de tarjetas débito sobre una infraestructura preparada para crecer junto con la organización.
Este caso demuestra que modernizar no siempre significa desarrollar más tecnología. Con frecuencia significa acceder a las capacidades adecuadas para innovar más rápido y alinear la inversión tecnológica con los objetivos del negocio.
La próxima gran prueba para la infraestructura de pagos probablemente no llegará con otro evento deportivo de alcance mundial. Llegará con la capacidad de cada institución para responder a un mercado donde los nuevos productos, los canales de atención y las expectativas de los clientes evolucionan mucho más rápido que muchas de las plataformas que hoy los soportan.
La diferencia no estará entre las organizaciones que emprendan los proyectos de transformación más grandes o costosos. Estará entre aquellas que modernicen con un propósito estratégico claro y aquellas cuyos sistemas heredados continúen marcando el ritmo —y los límites— de su crecimiento.
Durante la Copa Mundial de la FIFA 2026, millones de personas en todo el mundo compraron entradas, pagaron transporte, adquirieron alimentos y bebidas, reservaron hoteles, realizaron compras en línea y utilizaron plataformas de apuestas deportivas. Para los consumidores, pagar fue un gesto cotidiano. Para la industria de pagos, en cambio, fue una prueba de estrés a escala global: coordinar millones de transacciones en tiempo real garantizando seguridad, disponibilidad y una experiencia sin fricciones.
Durante años, la capacidad de una plataforma de pagos se midió principalmente por el volumen de transacciones que podía procesar. Esa métrica sigue siendo importante, pero ya no es suficiente. Hoy, la verdadera ventaja competitiva está en la capacidad de adaptarse a las nuevas demandas del mercado, incorporar nuevos servicios y responder con rapidez a un entorno de negocio que evoluciona todos los días.
Los sistemas heredados no representan un problema simplemente por su antigüedad. Se convierten en un desafío cuando comienzan a limitar la capacidad de una organización para innovar.
Las organizaciones que siguen considerando los picos de demanda como eventos aislados están analizando el problema desde la perspectiva equivocada. El crecimiento de los pagos digitales ya no es coyuntural; es estructural.
Según el World Payments Report 2025 de Capgemini, el volumen mundial de transacciones sin efectivo alcanzó los 1,4 billones en 2023 y se proyecta que llegará a 2,8 billones en 2028. Para entonces, los pagos inmediatos representarán aproximadamente el 22 % de todas las transacciones sin efectivo a nivel mundial.
Mientras los consumidores han adoptado de manera natural los pagos inmediatos, las billeteras digitales, los pagos mediante códigos QR y el comercio electrónico, muchas entidades financieras continúan operando sobre plataformas diseñadas originalmente para procesos por lotes, horarios bancarios y canales de atención limitados. Mantener estos sistemas en funcionamiento todavía es posible; hacerlos evolucionar al ritmo que exige el mercado es un reto completamente diferente.
Uno de los mitos más persistentes en la industria de pagos es que modernizar implica sustituir toda la infraestructura mediante proyectos largos, complejos y costosos.
La experiencia demuestra lo contrario.
Los procesos de modernización más exitosos suelen comenzar identificando cuáles son las capacidades que están limitando el negocio y actualizando primero esos componentes, preservando al mismo tiempo las inversiones que continúan generando valor.
En México, Bancoppel modernizó su plataforma de emisión de tarjetas para ofrecer emisión instantánea de tarjetas de crédito en sus sucursales, reduciendo significativamente el tiempo entre la aprobación y la disponibilidad del producto para el cliente. Este proyecto demuestra que la modernización genera valor cuando acelera la incorporación de nuevos servicios y mejora la experiencia del usuario.
Otro paradigma que está cambiando es la relación entre seguridad y experiencia de usuario. Durante muchos años se asumió que reforzar la seguridad implicaba agregar fricción al proceso de pago. Hoy, las entidades financieras deben lograr exactamente lo contrario.
En Colombia, Banco Finandina enfrentó este desafío implementando SmartVista 3DS de BPC, basado en el estándar EMV® 3-D Secure 2.0. La solución incorporó un modelo de autenticación más inteligente que permitió reducir el riesgo de fraude mientras ofrecía una experiencia de compra más rápida y conveniente. El objetivo no era únicamente fortalecer la seguridad, sino aumentar la confianza del cliente sin sacrificar la velocidad que exige el comercio electrónico actual.
No todas las organizaciones parten del mismo punto. Algunas necesitan modernizar plataformas existentes; otras buscan lanzar nuevos servicios al mercado en el menor tiempo posible.
En México, Trafalgar identificó una oportunidad para ampliar su oferta de servicios financieros dirigidos a pequeñas y medianas empresas, pero necesitaba hacerlo sin desarrollar una plataforma propia de administración de tarjetas. Para responder a este desafío, la compañía adoptó SmartVista Card Management as a Service de BPC, acelerando el lanzamiento de su negocio de emisión de tarjetas débito sobre una infraestructura preparada para crecer junto con la organización.
Este caso demuestra que modernizar no siempre significa desarrollar más tecnología. Con frecuencia significa acceder a las capacidades adecuadas para innovar más rápido y alinear la inversión tecnológica con los objetivos del negocio.
La próxima gran prueba para la infraestructura de pagos probablemente no llegará con otro evento deportivo de alcance mundial. Llegará con la capacidad de cada institución para responder a un mercado donde los nuevos productos, los canales de atención y las expectativas de los clientes evolucionan mucho más rápido que muchas de las plataformas que hoy los soportan.
La diferencia no estará entre las organizaciones que emprendan los proyectos de transformación más grandes o costosos. Estará entre aquellas que modernicen con un propósito estratégico claro y aquellas cuyos sistemas heredados continúen marcando el ritmo —y los límites— de su crecimiento.