
Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), los flujos de remesas en 2025 estuvieron alrededor de US$ 174.400 millones, una cifra que confirma su peso estructural en varias economías debido también a su aumento comparado con el año anterior, con un crecimiento de 7,2 % frente a 2024.
En 2025, México se consolidó como el principal receptor de remesas en América Latina con más de US$61.800 millones, seguido por Guatemala con US$25.857 millones, donde además estas transferencias representan un significativo 21,4% de su PIB. Colombia ocupa el tercer lugar con US$13.379 millones, manteniendo una participación más moderada en su economía (3,1%), mientras que Honduras y República Dominicana completan el top cinco con cifras cercanas a los US$12.000 millones cada uno.
La realidad de estas cifras es que existen millones de personas que migran y envían dinero regularmente a sus familias. Estados Unidos continúa siendo el principal origen de estos recursos, seguido por Europa, con España como actor clave.
Durante mucho tiempo, enviar dinero a América Latina implicó pagar comisiones elevadas y aceptar tiempos de espera que podían extenderse por varios días. Aun hoy, las comisiones por envío de remesas varían según el método y la entidad, oscilando comúnmente entre un 1% y un 5% del monto enviado, o tarifas fijas. Métodos en efectivo suelen cobrar alrededor del 1%, mientras que agencias como Western Union pueden aplicar tarifas fijas más altas.
Estos modelos están empezando a quedar atrás.
En América Latina, alrededor del 43% de las remesas ya se reciben a través de canales digitales. Fintechs y billeteras digitales han reducido de forma significativa tanto los costos como los tiempos. En muchos casos, el dinero puede estar disponible en cuestión de minutos y el usuario conoce de antemano el tipo de cambio y la comisión exacta que pagará.
Pero el cambio no es solo tecnológico, es también cultural. El receptor debe cambiar su preferencia y no retirar el dinero en efectivo, sino que lo usa directamente desde una billetera digital, lo transfiere, paga servicios o incluso accede a productos financieros que antes le estaban fuera de su alcance.
En ese proceso, las Fintechs han tenido un papel decisivo. Empresas como Global66, nacida en Chile, han apostado por cuentas multidivisa y transferencias más rápidas dentro de la región. En Colombia, billeteras como Nequi o Movii, o en Perú, Yape, Plin o Ligo, han facilitado la recepción directa de remesas, integrándolas a la vida financiera cotidiana de millones de usuarios.
Incluso en corredores más complejos, donde históricamente han predominado los canales informales, están surgiendo soluciones digitales. Es el caso de Fintechs como Íkualo, que busca formalizar envíos hacia países como Venezuela o Cuba desde Europa.
La velocidad cambia la lógica de uso de las remesas porque ya no se trata solo de envíos mensuales, sino de flujos más frecuentes y flexibles, en el momento que se necesite. Al final, la digitalización abre la puerta a la inclusión financiera, permitiendo que millones de personas accedan por primera vez a cuentas, historial crediticio y servicios formales.
Al mismo tiempo, el ecosistema sigue evolucionando. La interoperabilidad entre sistemas de pago, el avance de las transferencias en tiempo real y la integración con modelos de open finance están acercando a la región a un escenario en el que las remesas dejan de ser un producto aislado y pasan a ser una funcionalidad más dentro del sistema financiero.
En paralelo, el uso de stablecoins y activos digitales empieza a ganar terreno como una alternativa para abaratar costos en transferencias transfronterizas, aunque aún enfrenta desafíos regulatorios. Pero, sin duda, los próximos años tendrán un protagonismo aún mayor.
En 2026, las remesas siguen siendo ese dinero que cruza fronteras para sostener vidas de familias en la región. La gran diferencia es que ahora lo hacen más rápido, más barato y cada vez con menos fricciones gracias a soluciones digitales que ofrecen diversas Fintechs.
Si quieres conocer las Fintechs de remesas digitales en la Región Andina, haz clic aquí.

Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), los flujos de remesas en 2025 estuvieron alrededor de US$ 174.400 millones, una cifra que confirma su peso estructural en varias economías debido también a su aumento comparado con el año anterior, con un crecimiento de 7,2 % frente a 2024.
En 2025, México se consolidó como el principal receptor de remesas en América Latina con más de US$61.800 millones, seguido por Guatemala con US$25.857 millones, donde además estas transferencias representan un significativo 21,4% de su PIB. Colombia ocupa el tercer lugar con US$13.379 millones, manteniendo una participación más moderada en su economía (3,1%), mientras que Honduras y República Dominicana completan el top cinco con cifras cercanas a los US$12.000 millones cada uno.
La realidad de estas cifras es que existen millones de personas que migran y envían dinero regularmente a sus familias. Estados Unidos continúa siendo el principal origen de estos recursos, seguido por Europa, con España como actor clave.
Durante mucho tiempo, enviar dinero a América Latina implicó pagar comisiones elevadas y aceptar tiempos de espera que podían extenderse por varios días. Aun hoy, las comisiones por envío de remesas varían según el método y la entidad, oscilando comúnmente entre un 1% y un 5% del monto enviado, o tarifas fijas. Métodos en efectivo suelen cobrar alrededor del 1%, mientras que agencias como Western Union pueden aplicar tarifas fijas más altas.
Estos modelos están empezando a quedar atrás.
En América Latina, alrededor del 43% de las remesas ya se reciben a través de canales digitales. Fintechs y billeteras digitales han reducido de forma significativa tanto los costos como los tiempos. En muchos casos, el dinero puede estar disponible en cuestión de minutos y el usuario conoce de antemano el tipo de cambio y la comisión exacta que pagará.
Pero el cambio no es solo tecnológico, es también cultural. El receptor debe cambiar su preferencia y no retirar el dinero en efectivo, sino que lo usa directamente desde una billetera digital, lo transfiere, paga servicios o incluso accede a productos financieros que antes le estaban fuera de su alcance.
En ese proceso, las Fintechs han tenido un papel decisivo. Empresas como Global66, nacida en Chile, han apostado por cuentas multidivisa y transferencias más rápidas dentro de la región. En Colombia, billeteras como Nequi o Movii, o en Perú, Yape, Plin o Ligo, han facilitado la recepción directa de remesas, integrándolas a la vida financiera cotidiana de millones de usuarios.
Incluso en corredores más complejos, donde históricamente han predominado los canales informales, están surgiendo soluciones digitales. Es el caso de Fintechs como Íkualo, que busca formalizar envíos hacia países como Venezuela o Cuba desde Europa.
La velocidad cambia la lógica de uso de las remesas porque ya no se trata solo de envíos mensuales, sino de flujos más frecuentes y flexibles, en el momento que se necesite. Al final, la digitalización abre la puerta a la inclusión financiera, permitiendo que millones de personas accedan por primera vez a cuentas, historial crediticio y servicios formales.
Al mismo tiempo, el ecosistema sigue evolucionando. La interoperabilidad entre sistemas de pago, el avance de las transferencias en tiempo real y la integración con modelos de open finance están acercando a la región a un escenario en el que las remesas dejan de ser un producto aislado y pasan a ser una funcionalidad más dentro del sistema financiero.
En paralelo, el uso de stablecoins y activos digitales empieza a ganar terreno como una alternativa para abaratar costos en transferencias transfronterizas, aunque aún enfrenta desafíos regulatorios. Pero, sin duda, los próximos años tendrán un protagonismo aún mayor.
En 2026, las remesas siguen siendo ese dinero que cruza fronteras para sostener vidas de familias en la región. La gran diferencia es que ahora lo hacen más rápido, más barato y cada vez con menos fricciones gracias a soluciones digitales que ofrecen diversas Fintechs.
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Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), los flujos de remesas en 2025 estuvieron alrededor de US$ 174.400 millones, una cifra que confirma su peso estructural en varias economías debido también a su aumento comparado con el año anterior, con un crecimiento de 7,2 % frente a 2024.
En 2025, México se consolidó como el principal receptor de remesas en América Latina con más de US$61.800 millones, seguido por Guatemala con US$25.857 millones, donde además estas transferencias representan un significativo 21,4% de su PIB. Colombia ocupa el tercer lugar con US$13.379 millones, manteniendo una participación más moderada en su economía (3,1%), mientras que Honduras y República Dominicana completan el top cinco con cifras cercanas a los US$12.000 millones cada uno.
La realidad de estas cifras es que existen millones de personas que migran y envían dinero regularmente a sus familias. Estados Unidos continúa siendo el principal origen de estos recursos, seguido por Europa, con España como actor clave.
Durante mucho tiempo, enviar dinero a América Latina implicó pagar comisiones elevadas y aceptar tiempos de espera que podían extenderse por varios días. Aun hoy, las comisiones por envío de remesas varían según el método y la entidad, oscilando comúnmente entre un 1% y un 5% del monto enviado, o tarifas fijas. Métodos en efectivo suelen cobrar alrededor del 1%, mientras que agencias como Western Union pueden aplicar tarifas fijas más altas.
Estos modelos están empezando a quedar atrás.
En América Latina, alrededor del 43% de las remesas ya se reciben a través de canales digitales. Fintechs y billeteras digitales han reducido de forma significativa tanto los costos como los tiempos. En muchos casos, el dinero puede estar disponible en cuestión de minutos y el usuario conoce de antemano el tipo de cambio y la comisión exacta que pagará.
Pero el cambio no es solo tecnológico, es también cultural. El receptor debe cambiar su preferencia y no retirar el dinero en efectivo, sino que lo usa directamente desde una billetera digital, lo transfiere, paga servicios o incluso accede a productos financieros que antes le estaban fuera de su alcance.
En ese proceso, las Fintechs han tenido un papel decisivo. Empresas como Global66, nacida en Chile, han apostado por cuentas multidivisa y transferencias más rápidas dentro de la región. En Colombia, billeteras como Nequi o Movii, o en Perú, Yape, Plin o Ligo, han facilitado la recepción directa de remesas, integrándolas a la vida financiera cotidiana de millones de usuarios.
Incluso en corredores más complejos, donde históricamente han predominado los canales informales, están surgiendo soluciones digitales. Es el caso de Fintechs como Íkualo, que busca formalizar envíos hacia países como Venezuela o Cuba desde Europa.
La velocidad cambia la lógica de uso de las remesas porque ya no se trata solo de envíos mensuales, sino de flujos más frecuentes y flexibles, en el momento que se necesite. Al final, la digitalización abre la puerta a la inclusión financiera, permitiendo que millones de personas accedan por primera vez a cuentas, historial crediticio y servicios formales.
Al mismo tiempo, el ecosistema sigue evolucionando. La interoperabilidad entre sistemas de pago, el avance de las transferencias en tiempo real y la integración con modelos de open finance están acercando a la región a un escenario en el que las remesas dejan de ser un producto aislado y pasan a ser una funcionalidad más dentro del sistema financiero.
En paralelo, el uso de stablecoins y activos digitales empieza a ganar terreno como una alternativa para abaratar costos en transferencias transfronterizas, aunque aún enfrenta desafíos regulatorios. Pero, sin duda, los próximos años tendrán un protagonismo aún mayor.
En 2026, las remesas siguen siendo ese dinero que cruza fronteras para sostener vidas de familias en la región. La gran diferencia es que ahora lo hacen más rápido, más barato y cada vez con menos fricciones gracias a soluciones digitales que ofrecen diversas Fintechs.
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