
El stack tecnológico de la mayoría de los comercios venezolanos cabe en tres piezas: un cuaderno de pasta dura, una hoja de Excel que alguien actualiza cuando se acuerda y un chat de WhatsApp donde el dueño le pregunta al encargado cuánto se vendió hoy. Funciona, en el sentido en que funcionan las cosas que nadie ha tenido tiempo de arreglar. Pero no dice cuánta plata se perdió por un inventario mal contado, cuánto se le debe al proveedor, ni si la ferretería –que factura, que tiene clientes, que abre todos los días– efectivamente gana dinero.
Ese vacío es el mercado de Fina.
La empresa venezolana de gestión administrativa en la nube –fundada en octubre 2023 por los venezolanos Enrique Rivas, Diego Aponte, Sebastián Sánchez y Alejandro Fariña– cerró una ronda semilla de $1 millón de dólares con participación de las firmas Tomorrow Capital (Inglaterra), Square One Capital (Estados Unidos), Platanus Ventures (Chile), Neer Ventures (Estados Unidos) y Norte Ventures (Brasil), junto a un grupo de inversionistas ángeles del software para pequeñas y medianas empresas (PYMEs) latinoamericano. Es una cifra modesta para los estándares del venture capital regional y enorme para lo que suele ocurrir en Venezuela: capital internacional entrando, en dólares, a una empresa de tecnología local que no vende petróleo, no cotiza en bolsa y no depende de una licencia de la OFAC.
El origen del producto nace de la experiencia personal de Rivas y Aponte, quienes a los 18 años fundaron juntos Caracas Ron, una licorería por delivery. Han contado que la operación corría en Excel, que perdían inventario y que no encontraron un software realmente pensado para una PYME de mercado emergente.
“Empezamos en Excel, fue un desastre”, dice Rivas, CEO de Fina, “Probamos con tres sistemas administrativos distintos, y cada uno fue un desastre diferente: complejos, arcaicos y carísimos para una pequeña y mediana empresa venezolana”. Volvieron a Excel. “Ahí entendimos que el problema no era mío ni de Caracas Ron”, explica, “era que en Venezuela no existía una solución tecnológica pensada de verdad” para este tipo de negocios en el país.
Fina no vende un ERP en el sentido clásico —sistemas que las empresas usan para manejar y conectar actividades diarias—, sino una capa administrativa que centraliza ventas, inventario, cuentas por cobrar y por pagar, clientes y reportes de rentabilidad en tiempo real. Hoy supera los 5.000 comercios activos en Venezuela: autopartes y repuestos, ferreterías, tecnología, ropa, bodegones, restaurantes, negocios de servicio y distribuidores repartidos por buena parte del territorio nacional.
La decisión técnica más venezolana de la empresa es también la menos glamorosa: la infraestructura está optimizada para funcionar con baja conectividad y desde el teléfono. En un país donde el internet fijo se cae, donde el punto de venta a veces no da y donde el encargado de alguna sucursal en Guanare no tiene una laptop, esa restricción no es un detalle de ingeniería sino la tesis de producto completa. El software que asume banda ancha estable no se usa; el que asume que la señal va a fallar, sí.
“Construir tecnología para Venezuela significa diseñar para las peores condiciones, no para las ideales”, dice Rivas, “Sabíamos desde el día uno que no podíamos asumir internet estable ni electricidad constante, así que optimizamos la plataforma para funcionar con la mínima señal posible y para que un corte de luz no paralice al comercio”. Es un trabajo de iteración constante. Alejandro Fariña, el CTO, ha liderado ese esfuerzo, armando un equipo capaz de escalar de los 5,000 clientes activos que tienen hoy a los 100,000 que la compañía espera tener en unos años.
También hay un viento de cola regulatorio. Las providencias del SENIAT que empujaron la facturación electrónica convirtieron un nice to have en una obligación: un negocio que antes podía sobrevivir con talonario ahora necesita un sistema. Fina llega a ese mercado con dos ventajas difíciles de replicar desde afuera —conocimiento del cumplimiento local y precio calibrado a la capacidad de pago de una PYME venezolana.
“Antes vivía con inconsistencias constantes en caja e inventario”, dice Carlos Rosquete, dueño de la marca de trajes de baño Aragosta, “Números que no cuadraban, horas perdidas tratando de entender dónde estaba el error. Era un dolor de cabeza interminable”. Rosquete afirma que desde que adoptó la plataforma, ha podido organizar sus números para mejorar decisiones y crecer su negocio más rápido de lo esperado.
El timing no es casualidad. Desde enero de 2026, Venezuela pasó de ser un mercado excluido a uno bajo observación activa: las reformas de la Ley de Hidrocarburos, las nuevas licencias de la OFAC y el restablecimiento de vínculos con Washington reordenaron el cálculo de riesgo, y con él llegó una ola de inversionistas internacionales a hacer due diligence en los lobbies de Caracas. El propio Rivas describía el fenómeno en marzo, en estas páginas, con una frase que hoy le aplica a su propia ronda: «El hype abre puertas, pero lo que cierra rondas es la tracción.»
Los números macro explican por qué el capital mira, y también por qué mira con calculadora. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo proyecta un crecimiento del PIB venezolano de 7,4% en 2026 —la estimación más alta entre los organismos multilaterales, frente al 4% del FMI y el 6,5% de la Cepal—, con una inflación de 271,6% que confirma la salida del régimen hiperinflacionario sin sacar al país de la inestabilidad de precios de tres dígitos. Ecoanalítica, en su escenario ortodoxo posterior a los sismos, proyecta un crecimiento de 5,8% y una inflación de 251,5%. Y Alejandro Grisanti, director fundador de esa firma, ha señalado que el modelo de crecimiento impulsado por el consumo —la economía del bodegón y el detal— tocó techo, y que el motor de 2026 será la inversión.
Ahí está el argumento de Fina en una línea: si el próximo ciclo venezolano lo mueve la formación de capital y no el consumo, las empresas que hoy operan a ciegas van a necesitar ver sus números antes de invertir.
El otro dato que ordena la conversación es el crédito. Según el estudio de coyuntura citado por Banca y Negocios en marzo, la cartera de crédito en dólares equivale apenas al 2,8% del PIB, contra los 14.000 millones de dólares que requeriría el sector privado según la CEPAL; el presidente de la Asociación Bancaria de Venezuela, Pedro Pacheco, proyectó que la cartera crecerá entre 40% y 45% este año, un salto que parte de una base tan baja que sigue siendo insuficiente. Un sistema de gestión que registra ventas, inventario y cuentas por cobrar es, entre otras cosas, la única fuente de historial financiero que muchas de esas PYMEs jamás han tenido.
“Fina fue nuestra primera inversión en Venezuela. A menudo nos limitamos al comparar lo que puede construirse aquí con lo que ya se ha construido en otros lugares”, dice Pedro Teo, socio en la firma de venture capital brasileña Norte Ventures, “Y mientras muchos todavía ven a Venezuela como un país intocable, de altísimo riesgo y políticamente inestable, nosotros creemos que solo quienes se atreven a asumir riesgos merecen experimentar lo extraordinario. Fina está haciendo exactamente eso.”
La lista de ángeles dice mucho del potencial que Venezuela empieza a asomar en mercados internacionales. Marcelo Lombardo construyó Omie, el mayor ERP para pequeñas y medianas empresas de Brasil, que superó los 125.000 clientes y levantó una Serie D de US$150 millones en 2025. Rodrigo Tognini fundó Conta Simples, la cuenta y plataforma de gastos para PYMEs brasileñas que pasó por Y Combinator. Jorge Ulloa viene de Bold, la fintech de pagos para comercios colombianos, y Gabriel Monroy de Colektia.
Ninguno es un inversionista genérico de mercados emergentes: los cuatro construyeron software o servicios financieros para el mismo cliente que atiende Fina, en países con cinco, diez, treinta veces el PIB venezolano. Que ese grupo específico ponga dinero en Caracas sugiere un reconocimiento de categoría: creen que el manual funciona, y que Venezuela llegó tarde pero llegó.
“Invertimos en Fina para construir tecnología fundamental para la recuperación de Venezuela. Desde muy jóvenes, los fundadores han logrado desarrollar distribución y marca en uno de los entornos operativos más difíciles del mundo”, dice Harrison Emmet-Lee, fundador de la firma de capital londinense Tomorrow Capital, “Vemos un enorme potencial en la Venezuela que está emergiendo y creemos que Fina puede ocupar un lugar central en esa transformación para las más de 5 millones de pequeñas y medianas empresas del país.”
Fina destinará el capital a acelerar la consolidación de la plataforma, expandir su base de comercios y desarrollar soluciones de inteligencia artificial y productos financieros. La empresa ya venía moviéndose en esa dirección: en junio, Rivas le dijo a la publicación de startups The Realistic Optimist que Fina servía a más de 4.000 clientes con un ingreso recurrente anual (ARR) superior a $1,5 millones de dólares y que estaba entrando en crédito. Apenas dos meses después, Fina ha sumado mil negocios más y aumentado su ARR a $2 millones de dólares, según fuentes de la empresa.
Conviene calibrar la escala. En julio, la Fintech venezolana Cashea anunció US$100 millones entre una Serie A y una Serie B —la mayor operación de capital de riesgo levantada por una empresa nacida en Venezuela—. Un millón de dólares no es eso, ni pretende serlo: es capital semilla, la etapa en la que se financia la construcción del producto y del canal, no la conquista del mercado. Pero la distancia entre ambas cifras describe bien el momento del ecosistema venezolano: hay un piso nuevo y un techo nuevo, y entre los dos empiezan a prosperar empresas e innovación.
“En los próximos 12 meses el capital [levantado] va a crecimiento, talento y el lanzamiento de nuevas soluciones financieras que pueden cambiar por completo la economía del pequeño emprendedor”, dice Rivas. Fina apuesta ahora por NINA, un agente de inteligencia artificial para sus comercios. “La idea no es que el dueño de una ferretería tenga que sentarse a hacer su contabilidad, sino que esa contabilidad se haga sola”, dice Rivas, “La meta es que la IA se encargue de lo operativo, lo estratégico y lo analítico, para que el emprendedor se enfoque en vender y crecer.”
En 2024, cuando Fina levantó una ronda de $100.000 dólares, Rivas se puso una meta pública: 28.000 clientes para 2028. Siguió otra ronda en 2025 que levantó $350.000 dólares. Ahora, con esta tercera ronda mucho mayor, el número es 30.000 en doce meses. Y, en una Venezuela cambiante con expectativas de crecimiento y reinserción en los mercados, el panorama es prometedor.
“Siempre vimos a Venezuela como un país lleno de problemas por resolver, y eran muy pocos los que estaban haciendo algo al respecto”, dice Rivas, “Este es el mejor momento para que el venezolano construya para el venezolano.”
El stack tecnológico de la mayoría de los comercios venezolanos cabe en tres piezas: un cuaderno de pasta dura, una hoja de Excel que alguien actualiza cuando se acuerda y un chat de WhatsApp donde el dueño le pregunta al encargado cuánto se vendió hoy. Funciona, en el sentido en que funcionan las cosas que nadie ha tenido tiempo de arreglar. Pero no dice cuánta plata se perdió por un inventario mal contado, cuánto se le debe al proveedor, ni si la ferretería –que factura, que tiene clientes, que abre todos los días– efectivamente gana dinero.
Ese vacío es el mercado de Fina.
La empresa venezolana de gestión administrativa en la nube –fundada en octubre 2023 por los venezolanos Enrique Rivas, Diego Aponte, Sebastián Sánchez y Alejandro Fariña– cerró una ronda semilla de $1 millón de dólares con participación de las firmas Tomorrow Capital (Inglaterra), Square One Capital (Estados Unidos), Platanus Ventures (Chile), Neer Ventures (Estados Unidos) y Norte Ventures (Brasil), junto a un grupo de inversionistas ángeles del software para pequeñas y medianas empresas (PYMEs) latinoamericano. Es una cifra modesta para los estándares del venture capital regional y enorme para lo que suele ocurrir en Venezuela: capital internacional entrando, en dólares, a una empresa de tecnología local que no vende petróleo, no cotiza en bolsa y no depende de una licencia de la OFAC.
El origen del producto nace de la experiencia personal de Rivas y Aponte, quienes a los 18 años fundaron juntos Caracas Ron, una licorería por delivery. Han contado que la operación corría en Excel, que perdían inventario y que no encontraron un software realmente pensado para una PYME de mercado emergente.
“Empezamos en Excel, fue un desastre”, dice Rivas, CEO de Fina, “Probamos con tres sistemas administrativos distintos, y cada uno fue un desastre diferente: complejos, arcaicos y carísimos para una pequeña y mediana empresa venezolana”. Volvieron a Excel. “Ahí entendimos que el problema no era mío ni de Caracas Ron”, explica, “era que en Venezuela no existía una solución tecnológica pensada de verdad” para este tipo de negocios en el país.
Fina no vende un ERP en el sentido clásico —sistemas que las empresas usan para manejar y conectar actividades diarias—, sino una capa administrativa que centraliza ventas, inventario, cuentas por cobrar y por pagar, clientes y reportes de rentabilidad en tiempo real. Hoy supera los 5.000 comercios activos en Venezuela: autopartes y repuestos, ferreterías, tecnología, ropa, bodegones, restaurantes, negocios de servicio y distribuidores repartidos por buena parte del territorio nacional.
La decisión técnica más venezolana de la empresa es también la menos glamorosa: la infraestructura está optimizada para funcionar con baja conectividad y desde el teléfono. En un país donde el internet fijo se cae, donde el punto de venta a veces no da y donde el encargado de alguna sucursal en Guanare no tiene una laptop, esa restricción no es un detalle de ingeniería sino la tesis de producto completa. El software que asume banda ancha estable no se usa; el que asume que la señal va a fallar, sí.
“Construir tecnología para Venezuela significa diseñar para las peores condiciones, no para las ideales”, dice Rivas, “Sabíamos desde el día uno que no podíamos asumir internet estable ni electricidad constante, así que optimizamos la plataforma para funcionar con la mínima señal posible y para que un corte de luz no paralice al comercio”. Es un trabajo de iteración constante. Alejandro Fariña, el CTO, ha liderado ese esfuerzo, armando un equipo capaz de escalar de los 5,000 clientes activos que tienen hoy a los 100,000 que la compañía espera tener en unos años.
También hay un viento de cola regulatorio. Las providencias del SENIAT que empujaron la facturación electrónica convirtieron un nice to have en una obligación: un negocio que antes podía sobrevivir con talonario ahora necesita un sistema. Fina llega a ese mercado con dos ventajas difíciles de replicar desde afuera —conocimiento del cumplimiento local y precio calibrado a la capacidad de pago de una PYME venezolana.
“Antes vivía con inconsistencias constantes en caja e inventario”, dice Carlos Rosquete, dueño de la marca de trajes de baño Aragosta, “Números que no cuadraban, horas perdidas tratando de entender dónde estaba el error. Era un dolor de cabeza interminable”. Rosquete afirma que desde que adoptó la plataforma, ha podido organizar sus números para mejorar decisiones y crecer su negocio más rápido de lo esperado.
El timing no es casualidad. Desde enero de 2026, Venezuela pasó de ser un mercado excluido a uno bajo observación activa: las reformas de la Ley de Hidrocarburos, las nuevas licencias de la OFAC y el restablecimiento de vínculos con Washington reordenaron el cálculo de riesgo, y con él llegó una ola de inversionistas internacionales a hacer due diligence en los lobbies de Caracas. El propio Rivas describía el fenómeno en marzo, en estas páginas, con una frase que hoy le aplica a su propia ronda: «El hype abre puertas, pero lo que cierra rondas es la tracción.»
Los números macro explican por qué el capital mira, y también por qué mira con calculadora. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo proyecta un crecimiento del PIB venezolano de 7,4% en 2026 —la estimación más alta entre los organismos multilaterales, frente al 4% del FMI y el 6,5% de la Cepal—, con una inflación de 271,6% que confirma la salida del régimen hiperinflacionario sin sacar al país de la inestabilidad de precios de tres dígitos. Ecoanalítica, en su escenario ortodoxo posterior a los sismos, proyecta un crecimiento de 5,8% y una inflación de 251,5%. Y Alejandro Grisanti, director fundador de esa firma, ha señalado que el modelo de crecimiento impulsado por el consumo —la economía del bodegón y el detal— tocó techo, y que el motor de 2026 será la inversión.
Ahí está el argumento de Fina en una línea: si el próximo ciclo venezolano lo mueve la formación de capital y no el consumo, las empresas que hoy operan a ciegas van a necesitar ver sus números antes de invertir.
El otro dato que ordena la conversación es el crédito. Según el estudio de coyuntura citado por Banca y Negocios en marzo, la cartera de crédito en dólares equivale apenas al 2,8% del PIB, contra los 14.000 millones de dólares que requeriría el sector privado según la CEPAL; el presidente de la Asociación Bancaria de Venezuela, Pedro Pacheco, proyectó que la cartera crecerá entre 40% y 45% este año, un salto que parte de una base tan baja que sigue siendo insuficiente. Un sistema de gestión que registra ventas, inventario y cuentas por cobrar es, entre otras cosas, la única fuente de historial financiero que muchas de esas PYMEs jamás han tenido.
“Fina fue nuestra primera inversión en Venezuela. A menudo nos limitamos al comparar lo que puede construirse aquí con lo que ya se ha construido en otros lugares”, dice Pedro Teo, socio en la firma de venture capital brasileña Norte Ventures, “Y mientras muchos todavía ven a Venezuela como un país intocable, de altísimo riesgo y políticamente inestable, nosotros creemos que solo quienes se atreven a asumir riesgos merecen experimentar lo extraordinario. Fina está haciendo exactamente eso.”
La lista de ángeles dice mucho del potencial que Venezuela empieza a asomar en mercados internacionales. Marcelo Lombardo construyó Omie, el mayor ERP para pequeñas y medianas empresas de Brasil, que superó los 125.000 clientes y levantó una Serie D de US$150 millones en 2025. Rodrigo Tognini fundó Conta Simples, la cuenta y plataforma de gastos para PYMEs brasileñas que pasó por Y Combinator. Jorge Ulloa viene de Bold, la fintech de pagos para comercios colombianos, y Gabriel Monroy de Colektia.
Ninguno es un inversionista genérico de mercados emergentes: los cuatro construyeron software o servicios financieros para el mismo cliente que atiende Fina, en países con cinco, diez, treinta veces el PIB venezolano. Que ese grupo específico ponga dinero en Caracas sugiere un reconocimiento de categoría: creen que el manual funciona, y que Venezuela llegó tarde pero llegó.
“Invertimos en Fina para construir tecnología fundamental para la recuperación de Venezuela. Desde muy jóvenes, los fundadores han logrado desarrollar distribución y marca en uno de los entornos operativos más difíciles del mundo”, dice Harrison Emmet-Lee, fundador de la firma de capital londinense Tomorrow Capital, “Vemos un enorme potencial en la Venezuela que está emergiendo y creemos que Fina puede ocupar un lugar central en esa transformación para las más de 5 millones de pequeñas y medianas empresas del país.”
Fina destinará el capital a acelerar la consolidación de la plataforma, expandir su base de comercios y desarrollar soluciones de inteligencia artificial y productos financieros. La empresa ya venía moviéndose en esa dirección: en junio, Rivas le dijo a la publicación de startups The Realistic Optimist que Fina servía a más de 4.000 clientes con un ingreso recurrente anual (ARR) superior a $1,5 millones de dólares y que estaba entrando en crédito. Apenas dos meses después, Fina ha sumado mil negocios más y aumentado su ARR a $2 millones de dólares, según fuentes de la empresa.
Conviene calibrar la escala. En julio, la Fintech venezolana Cashea anunció US$100 millones entre una Serie A y una Serie B —la mayor operación de capital de riesgo levantada por una empresa nacida en Venezuela—. Un millón de dólares no es eso, ni pretende serlo: es capital semilla, la etapa en la que se financia la construcción del producto y del canal, no la conquista del mercado. Pero la distancia entre ambas cifras describe bien el momento del ecosistema venezolano: hay un piso nuevo y un techo nuevo, y entre los dos empiezan a prosperar empresas e innovación.
“En los próximos 12 meses el capital [levantado] va a crecimiento, talento y el lanzamiento de nuevas soluciones financieras que pueden cambiar por completo la economía del pequeño emprendedor”, dice Rivas. Fina apuesta ahora por NINA, un agente de inteligencia artificial para sus comercios. “La idea no es que el dueño de una ferretería tenga que sentarse a hacer su contabilidad, sino que esa contabilidad se haga sola”, dice Rivas, “La meta es que la IA se encargue de lo operativo, lo estratégico y lo analítico, para que el emprendedor se enfoque en vender y crecer.”
En 2024, cuando Fina levantó una ronda de $100.000 dólares, Rivas se puso una meta pública: 28.000 clientes para 2028. Siguió otra ronda en 2025 que levantó $350.000 dólares. Ahora, con esta tercera ronda mucho mayor, el número es 30.000 en doce meses. Y, en una Venezuela cambiante con expectativas de crecimiento y reinserción en los mercados, el panorama es prometedor.
“Siempre vimos a Venezuela como un país lleno de problemas por resolver, y eran muy pocos los que estaban haciendo algo al respecto”, dice Rivas, “Este es el mejor momento para que el venezolano construya para el venezolano.”
El stack tecnológico de la mayoría de los comercios venezolanos cabe en tres piezas: un cuaderno de pasta dura, una hoja de Excel que alguien actualiza cuando se acuerda y un chat de WhatsApp donde el dueño le pregunta al encargado cuánto se vendió hoy. Funciona, en el sentido en que funcionan las cosas que nadie ha tenido tiempo de arreglar. Pero no dice cuánta plata se perdió por un inventario mal contado, cuánto se le debe al proveedor, ni si la ferretería –que factura, que tiene clientes, que abre todos los días– efectivamente gana dinero.
Ese vacío es el mercado de Fina.
La empresa venezolana de gestión administrativa en la nube –fundada en octubre 2023 por los venezolanos Enrique Rivas, Diego Aponte, Sebastián Sánchez y Alejandro Fariña– cerró una ronda semilla de $1 millón de dólares con participación de las firmas Tomorrow Capital (Inglaterra), Square One Capital (Estados Unidos), Platanus Ventures (Chile), Neer Ventures (Estados Unidos) y Norte Ventures (Brasil), junto a un grupo de inversionistas ángeles del software para pequeñas y medianas empresas (PYMEs) latinoamericano. Es una cifra modesta para los estándares del venture capital regional y enorme para lo que suele ocurrir en Venezuela: capital internacional entrando, en dólares, a una empresa de tecnología local que no vende petróleo, no cotiza en bolsa y no depende de una licencia de la OFAC.
El origen del producto nace de la experiencia personal de Rivas y Aponte, quienes a los 18 años fundaron juntos Caracas Ron, una licorería por delivery. Han contado que la operación corría en Excel, que perdían inventario y que no encontraron un software realmente pensado para una PYME de mercado emergente.
“Empezamos en Excel, fue un desastre”, dice Rivas, CEO de Fina, “Probamos con tres sistemas administrativos distintos, y cada uno fue un desastre diferente: complejos, arcaicos y carísimos para una pequeña y mediana empresa venezolana”. Volvieron a Excel. “Ahí entendimos que el problema no era mío ni de Caracas Ron”, explica, “era que en Venezuela no existía una solución tecnológica pensada de verdad” para este tipo de negocios en el país.
Fina no vende un ERP en el sentido clásico —sistemas que las empresas usan para manejar y conectar actividades diarias—, sino una capa administrativa que centraliza ventas, inventario, cuentas por cobrar y por pagar, clientes y reportes de rentabilidad en tiempo real. Hoy supera los 5.000 comercios activos en Venezuela: autopartes y repuestos, ferreterías, tecnología, ropa, bodegones, restaurantes, negocios de servicio y distribuidores repartidos por buena parte del territorio nacional.
La decisión técnica más venezolana de la empresa es también la menos glamorosa: la infraestructura está optimizada para funcionar con baja conectividad y desde el teléfono. En un país donde el internet fijo se cae, donde el punto de venta a veces no da y donde el encargado de alguna sucursal en Guanare no tiene una laptop, esa restricción no es un detalle de ingeniería sino la tesis de producto completa. El software que asume banda ancha estable no se usa; el que asume que la señal va a fallar, sí.
“Construir tecnología para Venezuela significa diseñar para las peores condiciones, no para las ideales”, dice Rivas, “Sabíamos desde el día uno que no podíamos asumir internet estable ni electricidad constante, así que optimizamos la plataforma para funcionar con la mínima señal posible y para que un corte de luz no paralice al comercio”. Es un trabajo de iteración constante. Alejandro Fariña, el CTO, ha liderado ese esfuerzo, armando un equipo capaz de escalar de los 5,000 clientes activos que tienen hoy a los 100,000 que la compañía espera tener en unos años.
También hay un viento de cola regulatorio. Las providencias del SENIAT que empujaron la facturación electrónica convirtieron un nice to have en una obligación: un negocio que antes podía sobrevivir con talonario ahora necesita un sistema. Fina llega a ese mercado con dos ventajas difíciles de replicar desde afuera —conocimiento del cumplimiento local y precio calibrado a la capacidad de pago de una PYME venezolana.
“Antes vivía con inconsistencias constantes en caja e inventario”, dice Carlos Rosquete, dueño de la marca de trajes de baño Aragosta, “Números que no cuadraban, horas perdidas tratando de entender dónde estaba el error. Era un dolor de cabeza interminable”. Rosquete afirma que desde que adoptó la plataforma, ha podido organizar sus números para mejorar decisiones y crecer su negocio más rápido de lo esperado.
El timing no es casualidad. Desde enero de 2026, Venezuela pasó de ser un mercado excluido a uno bajo observación activa: las reformas de la Ley de Hidrocarburos, las nuevas licencias de la OFAC y el restablecimiento de vínculos con Washington reordenaron el cálculo de riesgo, y con él llegó una ola de inversionistas internacionales a hacer due diligence en los lobbies de Caracas. El propio Rivas describía el fenómeno en marzo, en estas páginas, con una frase que hoy le aplica a su propia ronda: «El hype abre puertas, pero lo que cierra rondas es la tracción.»
Los números macro explican por qué el capital mira, y también por qué mira con calculadora. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo proyecta un crecimiento del PIB venezolano de 7,4% en 2026 —la estimación más alta entre los organismos multilaterales, frente al 4% del FMI y el 6,5% de la Cepal—, con una inflación de 271,6% que confirma la salida del régimen hiperinflacionario sin sacar al país de la inestabilidad de precios de tres dígitos. Ecoanalítica, en su escenario ortodoxo posterior a los sismos, proyecta un crecimiento de 5,8% y una inflación de 251,5%. Y Alejandro Grisanti, director fundador de esa firma, ha señalado que el modelo de crecimiento impulsado por el consumo —la economía del bodegón y el detal— tocó techo, y que el motor de 2026 será la inversión.
Ahí está el argumento de Fina en una línea: si el próximo ciclo venezolano lo mueve la formación de capital y no el consumo, las empresas que hoy operan a ciegas van a necesitar ver sus números antes de invertir.
El otro dato que ordena la conversación es el crédito. Según el estudio de coyuntura citado por Banca y Negocios en marzo, la cartera de crédito en dólares equivale apenas al 2,8% del PIB, contra los 14.000 millones de dólares que requeriría el sector privado según la CEPAL; el presidente de la Asociación Bancaria de Venezuela, Pedro Pacheco, proyectó que la cartera crecerá entre 40% y 45% este año, un salto que parte de una base tan baja que sigue siendo insuficiente. Un sistema de gestión que registra ventas, inventario y cuentas por cobrar es, entre otras cosas, la única fuente de historial financiero que muchas de esas PYMEs jamás han tenido.
“Fina fue nuestra primera inversión en Venezuela. A menudo nos limitamos al comparar lo que puede construirse aquí con lo que ya se ha construido en otros lugares”, dice Pedro Teo, socio en la firma de venture capital brasileña Norte Ventures, “Y mientras muchos todavía ven a Venezuela como un país intocable, de altísimo riesgo y políticamente inestable, nosotros creemos que solo quienes se atreven a asumir riesgos merecen experimentar lo extraordinario. Fina está haciendo exactamente eso.”
La lista de ángeles dice mucho del potencial que Venezuela empieza a asomar en mercados internacionales. Marcelo Lombardo construyó Omie, el mayor ERP para pequeñas y medianas empresas de Brasil, que superó los 125.000 clientes y levantó una Serie D de US$150 millones en 2025. Rodrigo Tognini fundó Conta Simples, la cuenta y plataforma de gastos para PYMEs brasileñas que pasó por Y Combinator. Jorge Ulloa viene de Bold, la fintech de pagos para comercios colombianos, y Gabriel Monroy de Colektia.
Ninguno es un inversionista genérico de mercados emergentes: los cuatro construyeron software o servicios financieros para el mismo cliente que atiende Fina, en países con cinco, diez, treinta veces el PIB venezolano. Que ese grupo específico ponga dinero en Caracas sugiere un reconocimiento de categoría: creen que el manual funciona, y que Venezuela llegó tarde pero llegó.
“Invertimos en Fina para construir tecnología fundamental para la recuperación de Venezuela. Desde muy jóvenes, los fundadores han logrado desarrollar distribución y marca en uno de los entornos operativos más difíciles del mundo”, dice Harrison Emmet-Lee, fundador de la firma de capital londinense Tomorrow Capital, “Vemos un enorme potencial en la Venezuela que está emergiendo y creemos que Fina puede ocupar un lugar central en esa transformación para las más de 5 millones de pequeñas y medianas empresas del país.”
Fina destinará el capital a acelerar la consolidación de la plataforma, expandir su base de comercios y desarrollar soluciones de inteligencia artificial y productos financieros. La empresa ya venía moviéndose en esa dirección: en junio, Rivas le dijo a la publicación de startups The Realistic Optimist que Fina servía a más de 4.000 clientes con un ingreso recurrente anual (ARR) superior a $1,5 millones de dólares y que estaba entrando en crédito. Apenas dos meses después, Fina ha sumado mil negocios más y aumentado su ARR a $2 millones de dólares, según fuentes de la empresa.
Conviene calibrar la escala. En julio, la Fintech venezolana Cashea anunció US$100 millones entre una Serie A y una Serie B —la mayor operación de capital de riesgo levantada por una empresa nacida en Venezuela—. Un millón de dólares no es eso, ni pretende serlo: es capital semilla, la etapa en la que se financia la construcción del producto y del canal, no la conquista del mercado. Pero la distancia entre ambas cifras describe bien el momento del ecosistema venezolano: hay un piso nuevo y un techo nuevo, y entre los dos empiezan a prosperar empresas e innovación.
“En los próximos 12 meses el capital [levantado] va a crecimiento, talento y el lanzamiento de nuevas soluciones financieras que pueden cambiar por completo la economía del pequeño emprendedor”, dice Rivas. Fina apuesta ahora por NINA, un agente de inteligencia artificial para sus comercios. “La idea no es que el dueño de una ferretería tenga que sentarse a hacer su contabilidad, sino que esa contabilidad se haga sola”, dice Rivas, “La meta es que la IA se encargue de lo operativo, lo estratégico y lo analítico, para que el emprendedor se enfoque en vender y crecer.”
En 2024, cuando Fina levantó una ronda de $100.000 dólares, Rivas se puso una meta pública: 28.000 clientes para 2028. Siguió otra ronda en 2025 que levantó $350.000 dólares. Ahora, con esta tercera ronda mucho mayor, el número es 30.000 en doce meses. Y, en una Venezuela cambiante con expectativas de crecimiento y reinserción en los mercados, el panorama es prometedor.
“Siempre vimos a Venezuela como un país lleno de problemas por resolver, y eran muy pocos los que estaban haciendo algo al respecto”, dice Rivas, “Este es el mejor momento para que el venezolano construya para el venezolano.”